sábado, 27 de julio de 2013

DOULA: tres años intensivos



Este mes de junio hizo tres años que terminé mi “formación” para poder decir que soy Doula.
Fueron nueve seminarios intensos a los que llegué tras haber realizado un profundo trabajo de búsqueda personal, tras un largo tiempo de enfrentarme a mi sombra y poder mirarla a la cara para sanar todo aquello que durante un tiempo me había producido heridas.
Cuando llegue a Villena para formar grupo con Doulas de Alicante, un panorama nuevo y bien distinto hasta lo que entonces había sido mi transcurrir se abriría ante mi ojos, aquellos que utilizaba conscientemente… y los que desde el subconsciente me manifestaban que ese iba a ser mi camino a partir de entonces. Que era este el sendero que hacía años había emprendido aún sin yo saberlo.

Hay un hecho que jamás he confesado. Hubo una persona de las que impartieron los seminarios profesionalmente que, al terminar y despedirnos me dijo que yo YA era Doula, que por mi personalidad y por mis características lo llevaba implícito. Me dijo que desde su experiencia y a su forma de ver, yo era la imagen de la Doula por excelencia.  Le agradecí sus palabras pero no les di mayor importancia, y aunque las percibí sinceras, no dejé de pensar que eran consecuencia de las emociones compartidas esos dos días.

La Vida es generosa conmigo y ahora, después de estos tres años y de las experiencias vividas junto a las mujeres que en este periodo he acompañado, desde la reflexión,  con el corazón en la mano, y con la perspectiva que aporta el tiempo transcurrido, me doy cuenta de cómo ha cambiado mi pensamiento, mi forma de sentir e incluso, mi forma de estar como Doula.

Cuando terminé este periodo de formación junto a diecisiete mujeres más, me sentía como en una nube. Muchas de las materias compartidas sirvieron para reafirmarme como mujer y como madre. Otras, desconocidas, impactaron dejándome una huella que difícilmente se borrará con el paso de los años. Los mágicos momentos junto a mujeres que desnudan el alma, con la energía y la emoción que allí se movieron, me sumieron en un estado de beatitud que, de algún modo, me mantenía alejada de la verdadera realidad que supone ser Doula en el día a día.

Cuando realicé mi primer trabajo “reconocido” y remunerado, fue un paso realmente importante para mí. Hasta entonces me había movido entre personas de mi familia, había sido acompañante de mi nuera y de mi propia hija en sus embarazos y en sus partos, pero ellas no me percibieron como su Doula, sino como la abuela de sus hijxs.
Por ello, el comenzar un acompañamiento durante un embarazo, organizando las sesiones, pautando un trabajo, aportando el máximo que mi corazón y mi mente podían ofrecer, supuso un bautizo de confianza y un afianzamiento de esta elección.  Era Doula y había comenzado mi camino hacia delante.

Desde aquel primero hasta este último acompañamiento –hace apenas un mes- a una mujer durante su embarazo y en su parto, me doy cuenta de la evolución vivida y soy consciente de que nada tienen que ver el primero con el último (sin que por ello alguno desmerezca más que otro), excepto el denominador común: la pasión que en ello pongo, el amor que me motiva y la honestidad con la que me manifiesto. 

Porque cada vez estoy más convencida de las palabras de Michel Odent que, de alguna forma, he hecho mías. Que “la Doula nace, no se hace”. Porque realmente, y a pesar de que estoy convencida de lo necesario de una in-formación exhaustiva y un reciclaje constante, poco más necesitamos para ESTAR como Doula, ya que se trata de una actitud, de un sentir, de un SER, porque el éxito de una Doula radica en cómo es ella y en cómo se comporta… mucho más que en cuántos cursos añadidos y cuánta formación complementaria posee. O al menos y desde mi propia experiencia, es algo que afirmo.

Mentiría si dijera que me quedé con aquellos únicos seminarios.  He acudido a algunos más con el fin de reforzar mis conocimientos, pero me doy cuenta de que la realidad es que son unas herramientas más para crecer yo como persona individual, ya que en el momento del nacimiento –especialmente- una mujer no necesita nada más que presencia, contención y apoyo.  No es momento de poner en práctica ninguna de las terapias adicionales aprendidas… así es como lo siento y así es como lo vivo.

Hasta llegar aquí, al día de hoy, confieso que he tenido momentos de soledad a pesar de que cada vez somos más Doulas en este país. Precisamente por esa evolución en mi sentir, en muchas ocasiones he tenido la sensación de que iba contra corriente… que me alejaba de lo que en las formaciones aprendemos, que me estaba apartado, en algún modo, de lo que “se vende” como Doula.  Y quizás desde ese miedo innato a ser juzgada, he acallado aquello que mi corazón necesitaba expresar.

Pero la Vida en su magnificencia, me ha puesto delante las palabras de dos acompañantes de la maternidad plasmadas en un libro que termino de leer y en el que se refleja parte de aquello que siento.  En “La maternidad acompañada” de Nuria Otero y Susana Prieto,  se hace una análisis de quien es –o debería de ser- una Doula y de la situación social y legal en estos momentos.  Y me manifiesto en total acuerdo con ellas.

Porque, y ahora tocando el suelo, ser Doula en estos momentos no es algo que resulte sencillo, ya que es algo novedoso y desconocido, ya que no es una profesión reglada, homologada, ni tan siquiera bien aceptada por algunas personas de un sector de profesionales que nos miran con miedo y con desconocimiento, juzgándonos y sintiéndonos como competencia…
Porque son muchas y muy variadas las formaciones que se están dando en este país y con criterios bien diferentes, lo que dificulta la igualdad a la hora de ejercer.  Porque, en ocasiones, y con cierta tristeza, siento que se está aprovechando el tirón de esta necesidad emocional que sienten algunas mujeres, para dar paso a un nuevo tipo de negocio…

Ojalá ser Doula en este país llegue, en breve,  a ser una profesión reconocida. Ojalá sea lo suficientemente valorada para que la mujer que la elija vocacionalmente para hacer de ella su forma de vida, pueda vivir obteniendo unos ingresos dignamente.
Ojalá la sociedad y todas las personas que la formamos, cambiemos nuestro concepto sobre la maternidad, sobre el nacimiento, sobre los bebés y los niños…

Y ojalá que,  alcanzado un punto en que se comprendan y se satisfagan las necesidades de una mujer en su devenir a madre, llegue el momento en que las Doulas, como tal, no seamos una necesidad. Sería la mejor señal de que habiendo cambiado nuestra forma de criar, habría cambiado el mundo.



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